
DIEGO FERNANDO PRIETO
La vibración del tiempo
Hay gestos que atraviesan los siglos, no porque se repitan, sino porque algo de ellos permanece abierto. El de un hombre que habla a los pájaros, por ejemplo; ese instante en que la palabra humana se dirige a aquello que no responde, que no puede devolver la voz. En el fresco antiguo, la escena era comunión. En esta pequeña tabla queda su rastro: una vibración que todavía persiste, aunque ya no sepamos exactamente qué la produjo. Los pájaros ya no vuelan. Son juguetes detenidos, fragmentos materiales de un rito desactivado. Allí donde hubo vuelo, hay suspensión; donde hubo canto, un silencio tenso; donde la fe movía el aire, ahora una cuerda lo sostiene. El gato, los pájaros de madera y la cuerda que pende construyen un espacio extraño. No terminan de pertenecer al presente. Parecen persistir. Como si el tiempo no hubiese pasado por ellos, sino que se hubiera quedado en sus superficies.
La pintura pone en relación ese resto con el presente. El recuerdo aparece junto a otras cosas: la materia, los objetos, la mirada. Algo del pasado vuelve, pero ya no ocupa el mismo lugar. En la superficie de la tabla, el pasado sigue actuando. Se mezcla con lo que está allí y cambia al encontrarse con ello. Cada forma guarda algo de lo que fue y, al mismo tiempo, permanece abierta a lo que puede llegar a ser.

Legend of St. Francis: Sermon to the Birds
Serie: Scenes from the Life of Saint Francis
Autor: Giotto di Bondone
Fecha: ca. 1297–1299
Técnica: fresco
Dimensiones: 270 × 200 cm




La carne y el sacrificio
Cuerpos colgados, suspendidos entre la vida y la materia. No hay horror, sino conciencia de lo frágil. En la quietud de la carne desollada vibra una antigua ceremonia, una pregunta por la belleza de lo que fue vida y aún persiste en la imagen.
La iguana y la monja
Entre la verdad y el engaño se abre un umbral, una disputa que atraviesa toda cultura. La iguana y la monja se observan, se confunden, como dos formas del mismo temor. En el cielo, las estrellas son las mismas que miraron nuestros antepasados, pero hoy apenas las vemos. La oración se transformó, cambió de cuerpo y de sentido. No es que las estrellas hayan desaparecido, es que dejamos de mirarlas con la misma intensidad.
