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¿Qué vemos realmente cuando miramos?

Absorbidos por nuestras propias distracciones, la naturaleza permanece frente a nosotros sin que lleguemos verdaderamente a detenernos en ella. Incluso hoy conocemos las estrellas más a través de pantallas que desde el testimonio directo de nuestros propios ojos. La atención se desplaza hacia imágenes mediadas y la contemplación cede su lugar a la medición.

 

Mirar el cielo implica situarse ante una experiencia del tiempo. La bóveda celeste, en su aparente quietud, reúne luces que provienen de épocas distintas y recuerda la condición transitoria de quienes observamos.

 

Las estrellas, puntos de luz suspendidos en la distancia, no solo sugieren inmensidad; establecen también una escala que confronta nuestra medida humana con lo desconocido.

Las constelaciones no son entidades naturales en sentido estricto. Son construcciones simbólicas trazadas sobre la indeterminación del firmamento. En ellas convergen saberes, relatos y sistemas de orientación que buscaron otorgar sentido a la vastedad. Dibujar figuras en el cielo fue una manera de ordenar lo disperso e inscribir presencia en lo inabarcable.

Los proyectos reunidos en esta página se articulan a partir de un gesto análogo. Cada obra propone un mapa parcial, una cartografía en proceso que no aspira a la totalidad. Se trata de registrar no sólo la distancia, sino también las afecciones que atraviesan la historia y la persistente necesidad de fijar formas frente a lo que se desvanece.

 

La tradición ofrece un antecedente significativo. Según relata Plinio el viejo, el origen del dibujo se vincula al acto de delinear la sombra de un ser amado antes de su partida. Más allá del carácter mítico del relato, la anécdota señala una intuición fundamental: trazar una figura constituye una respuesta ante la pérdida.

Contemplar el cielo y trazar un rostro participan de una misma operación simbólica. En ambos casos la distancia se transforma en imagen y la ausencia adquiere forma visible. La pintura se inscribe en esa tradición amplia en la que representar no significa duplicar la realidad, sino sostener, por un instante, aquello que tiende a desaparecer.

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